Las personas sirven al Señor por una gran diversidad de motivos. Algunos sirven en un esfuerzo legalista, como un medio para ganarse la salvación y el favor de Dios. Algunos sirven al Señor por temor de que si no lo hacen, Él va a sentirse desagradado y en consecuencia puedan hasta perder su salvación. Otros como Diótrefes (3Jn 9) sirven a causa del prestigio y la estima que muchas veces trae el liderazgo.
Algunos sirven con el fin de alcanzar posiciones eclesiásticas de preeminencia, así como el poder para enseñorearse de quienes están bajo su cuidado. Algunos sirven en razón de las apariencias, a fin de ser considerados como personas justas por parte de hermanos miembros de la iglesia, así como por el mundo. Algunos sirven debido a la presión de sus compañeros, para conformarse a ciertos estándares humanos de conducta religiosa y moral. En muchas ocasiones los hijos se ven obligados por sus padres a participar en actividades religiosas, y con frecuencia continúan esas actividades en su vida adulta, únicamente debido a la intimidación de los padres o quizás por simple hábito. Algunas personas llegan incluso a tener un gran celo en el servicio cristiano debido a las ganancias económicas que puede generar.
Sin embargo, esos motivos para el servicio son meramente externos, y sin importar cuán ortodoxo o beneficioso pueda ser el servicio para otras personas, si no se realiza con base en un deseo sincero de agradar y glorificar a Dios, no es algo espiritual ni aceptable delante de Él (1Co 10.31). Por supuesto, es posible que una persona inicie el servicio cristiano motivada por una devoción genuina a Dios y que más tarde caiga en alguna ocasión o incluso que desarrolle el hábito de hacerlo mecánicamente por una mera sensación de necesidad.
Incluso cuando se sirve al Señor por motivos correctos y en Su poder, siempre anda por ahí cerca la tentación a caer en el resentimiento y la lástima de uno mismo cuando el trabajo realizado no es apreciado por hermanos cristianos o quizás pasa totalmente desapercibido.
Pablo siempre mantuvo sus motivos puros. Por cuanto su único propósito era agradar a Dios, el desagrado o la desconsideración de las demás personas, incluso de aquellos a quienes estaba sirviendo, no pudieron obstaculizar su trabajo ni llevarle a la amargura y la autoconmiseración.
John MacArthur, Comentario al libro de Romanos.
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